Spanish + Canadian = Spanadian

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Los inviernos canadienses son mundialmente conocidos por la nieve que cubre el suelo durante casi medio año

sábado, 10 de octubre de 2015

Aceptar. Adaptarse. Actuar

La vida en un pueblo canadiense transcurre, al igual que en cualquier pueblo de cualquier parte del mundo, con la tranquila serenidad y la sólida seguridad de una tortuga. La gente saca sus abrigos del armario antes de que empiece el frío de verdad, aceptando con resignación y respeto que el verano ha llegado a su fin, que la lluvia empieza a acompañar cada semana y antes de brindar por el año nuevo se transformará en hielo. Cuando me cuentan que en marzo todavía tendré que ayudar a despejar con palas la nieve acumulada en el camino de entrada, me parece inimaginable, exagerado, imposible. Pronto sabré si mienten.

La verdad es que admiro a la gente que sigue su pasión porque les gusta, así, sin más. Aficionados que escriben porque sienten que es una necesidad, y no porque otros les digan lo bien que redactan. Sin el pequeño empujón de los ánimos de gente que me importa, me costaría mucho seguir mi sueño, tan abstracto y lejano, una luz tan débil que a veces temo que se pierda en la oscuridad. Supongo que aun así lo intentaría.
Una estudiante internacional francesa cuyo nombre jamás me aprenderé se pasa el día dibujando, y no dibuja precisamente bien. En la hora de la comida saca un bloc de dibujo y no lo guarda hasta que es hora de ir al clase. Nos lo enseña, orgullosa, aunque nunca nadie le ha dicho que sus bocetos sean bonitos. Nadie quiere mentir, ni aunque sea una mentira piadosa. Aun así, ella sigue dibujando, empecinada en perfeccionar un arte que no se le da bien. Me gustaría que algún día mejorara, que todo ese trabajo duro diera fruto, que tanta paciencia sirviera para algo. Desgraciadamente, sé que es poco probable.

Los viernes entro una hora antes y salgo una hora antes del instituto. Camino sola hasta allí, y tan temprano por la mañana apenas está amaneciendo. Las calles estan desiertas, y un coche de vez en cuando demuestra que el pueblo no está congelado. Pero el vaho blanco en que se transforma mi aliento y la escarcha que cubre la hierba dicen lo contrario. Dejo atrás la casa de la que nunca se ve entrar o salir a nadie. Dejo atrás la iglesia anglicana con su campana que nunca suena. Dejo atrás la casa que se incendió el año pasado. Y por alguna razón me acuerdo de una historia que leí en otra vida, en otro mundo, cuando aún vivía en España. Hablaba de que la vida en sí es un acto de renuncia. Te da cosas y te quita otras, y lo único que puedes hacer es seguir adelante, a pesar de todo. Aceptar. Adaptarse. Actuar.

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