Spanish + Canadian = Spanadian

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Los inviernos canadienses son mundialmente conocidos por la nieve que cubre el suelo durante casi medio año

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El domingo y sus consecuencias

La peor sensación en la que nos vemos una vez a la semana es la del domingo por la noche. La amenaza del lunes, tan cercano y abrumador, nos asusta, y nos hace preguntarnos cómo fuimos capaces de ser tan felices el viernes, conscientes de estar a tan solo dos días de distancia de esta tortura. Pero el lunes llega, sobrevives, te vas a la cama y te das cuenta de que no fue para tanto. De que, al fin y al cabo, lo has hecho, como cada lunes, una vez a la semana. Pues es peor la sensación de miedo por el futuro que la de verse en el presente, en la situación. Nos paraliza la amenaza, lo alta que se ve la montaña, pero una vez en la cima, sonríes y te dices que podrías hacerlo de nuevo. Y lo haces, siete días después.

"Guess" es uno de los verbos que aprendí en Canadá que más uso últimamente. Normalmente significa adivinar, creer o suponer, dependiendo del contexto. "Guess what?", por ejemplo, significa "¿Sabes qué?". Es infinitamente útil, y se ha convertido en una de la palabras a las que recurrir cuando me veo escasa en vocabulario, junto a "stuff" (cosas) y "awesome" (increíble, fantástico, asombroso... You know, all that stuff).

Creo que olvidé mencionar que a principios de diciembre me acabé las golosinas de Halloween. Sorprendente, ¿verdad? A Max y a Sophia, que tenían más que yo, se les acabaron en una semana. Mis padres, cuando era pequeña me decían que hacía lo mismo con el dinero: guardarlo cual ardilla recolectando nueces, temerosa del cercano invierno. Supongo que en determinadas circunstancias no es tan mal defecto.


El domingo por la tarde, mientras Mike y Sophia iban a la playa y Tara y Max a dar un paseo, yo fui a "dar una vuelta en bicicleta". Eso fue lo que le dije a mi host family, pero me llevé una mochila y la cadena para dejar la bicicleta a la puerta del centro comercial. La Navidad se acercaba y yo no había comprado ningún regalo. Primero di una vuelta, en busca de inspiración, pues no sabía qué regalar a nadie. Me acordé de haber estado hablando una semana atrás con Tara sobre La ladrona de libros. Es uno de mis libros favoritos, sin duda alguna, y ella dijo que estaba pensando en leerlo. ¿Por qué no regalárselo por Navidad? Me acerqué a la librería y lo busqué, en vano. Tuve que esperar la cola de caja para preguntar por él, y cuando la dependienta fue a por el libro, yo la seguí. 

-Aquí tienes -dijo la mujer, estirando el brazo para hacerme llegar el ejemplar de La ladrona de libros que acababa de coger de una estantería. Pero yo no la estaba mirando a ella, sino a otra mujer que tenía delante, ojeando libros, junto a un niño de doce años que me conozco demasiado bien. Tara y Max.

-Hola -dijo Tara, con una amplia sonrisa.
Abrí mucho los ojos y cogí el libro que la dependienta se hartaba de sostener. No sabía qué hacer, qué decir, todo lo que podía pensar era "¿Qué demonios hacéis vosotros aquí?".

-Pensé que habías ido a dar una vuelta en bicicleta -dijo ella, rompiendo el silencio.

-Pensé que habíais ido a dar un paseo -repuse yo-. Qué casualidad, ¿no? Yo voy a dar una vuelta en bicicleta, vosotros a pasear y nos encontramos en la librería.

-Sí, qué casualidad. Bueno, nos vemos.

-Sí, nos vemos.

Me alejé con una sonrisa nerviosa, intentando en vano mantener la calma. ¿Habría visto mi libro? Al salir, pasé al lado de Shoppers, la tienda en la que trabaja Leanne, una amiga canadiense (y la hija de mi profesora de inglés). Aquí más de la mitad de los estudiantes de quince, dieciséis y diecisiete años trajaban, dos o tres tardes a la semana. Me saludó con tanta efusividad que creo que hasta me asusté. El lunes en clase dijo que salté del susto. Al llegar a casa, ya de noche, me acerqué a Tara para intentar aclarar las cosas.

-Eh, estooo, hoy en la librería... bueno, ya sabes, estaba nerviosa y tal... Puede ser que hipotéticamente estuviera... ummm... ya sabes, la Navidad se acerca...

-Yo no sé nada -dijo.

-Vale, pero ¿viste el libro que tenía en la mano?

-No. ¿Tú viste el libro que tenía yo en la mano?

-No.

Me había parecido ver algo en su mano, un libro, probablemente. Pero con los nervios no se me ocurrió mirar. 

-Perfecto. Entonces no hay problema.

No pude evitar reírme. Las dos habíamos ido a la librería intentando que nadie más lo supiera, nos encontramos allí, comprando un regalo la una a la otra... pero ninguna de las dos vio el suyo.


Hoy nevó por primera vez desde que se fueron los colombianos y los estudiantes que se quedaron tres meses. El último día que estuvieron aquí, a finales de noviembre, nevó, y muchos de ellos vieron nieve por primera vez en su vida. Desde su partida empezó a hacer frío, mucho frío, y a llover continuamente, como si el cielo también estuviera triste de que se hayan ido. Estábamos en clase de inglés, leyendo The wave, cuando Showbie se levantó de su silla y gritó: "¡Está nevando!". Todos miramos inmediatamente a la ventana, para comprobar, unos con fascinación y otros con repugnancia, como millones de pequeños copos blancos impedían ver mucho más allá del árbol del patio al que enfoca nuestra ventana. Por un momento pensé que podríamos quedarnos encerrados en el colegio, pero la tormenta apenas duró unos minutos. Después, se pasó el resto del día nevando solo a ratos. Showbie siempre se sienta al lado de la ventana. Viene conmigo a inglés y a sociología, y es el tipo de persona al que le interesan más bien poco sus notas. Parece que no le importe de verdad nada en la vida, pero cuando vio la nieve vi algo más tras aquel salto, aquella sonrisa, aquella excitación sin precedentes. Había ilusión, esperanza, alegría, quizá. Puede que hasta la persona más pasiva del mundo tenga una razón para levantase por las mañanas.

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