Spanish + Canadian = Spanadian

Spanish + Canadian = Spanadian
Los inviernos canadienses son mundialmente conocidos por la nieve que cubre el suelo durante casi medio año

lunes, 9 de noviembre de 2015

Nunca soltaré el lápiz

He perdido la inspiración, ya no tengo ganas de escribir. No es que no haya pasado nada interesante, al contrario, vaya si pasaron cosas que contar. Pero no siento esa necesidad que me solía acompañar cada momento, ese proceso automático de mi cerebro en que convierte cada vivencia en un relato. Quizá es por la velocidad con la que avanzan los acontecimientos, o puede que sea porque intento pensar en inglés, y a estas alturas, no puedo pretender volverme Shakespeare. Tampoco leo mucho últimamente. Para pensar en inglés, debo leer en inglés, y mi limitado vocabulario me obliga a hacerme preguntas sobre el significado de las palabras continuamente. Pero no puedo dejar de leer, ni de escribir, aunque no me apetezca. Sería cambiar demasiado, y esa es una de las cosas que me gustan de mí, que no cambiaría por nada del mundo.
Halloween llegó y pasó, al igual que el mes de octubre. Una semana después de la fiesta de internacionales, tuve un baile en el instituto, y el día de Halloween fui de Trick or Treat por el barrio con Sophia. En tanto festejo, estoy dejando de contar muchas cosas. Como que la noche del baile tuve mi primer sueño en inglés. O que el lunes después de Halloween llegó un paquete por correo con el que no contábamos procedente de Lugo, lleno de turrón, castañas, higos, polvorones... Sí, tengo la buena comida navideña de España en Canadá, ¿qué más puedo pedir? Aún no lo hemos empezado, ni lo vamos a empezar hasta Adviento, más que nada porque nos quedan mogollón de golosinas de Halloween. Ah, Halloween, esa fiesta tan consumista en la que con dieciséis años llenas un saco de golosinas, y eso que solo estuve de Trick or Treat media hora. Con que seas un poco más joven, tienes dulces para todo el año.
Los viernes, en el instituto, ponen un himno internacional. El primer viernes que hicieron eso, pusieron el de Colombia, por los internacionales colombianos que se quedan dos meses y acababan de llegar, una especie de bienvenida. El segundo viernes, pusieron el de Bélgica. El tercer viernes, supuse que sería uno de Asia, el continente que faltaba, y acerté: Japón. Antes de ayer tocó España. Cuando escuché que tocaba mi país, no pude evitar alegrarme. Es irónico que nunca hubiera escuchado el himno español en mi colegio y ahora lo fuera a escuchar en Canadá. Sonriente, esperé por ese himno que solo escucho en partidos de fútbol... y algo extraño empezó a sonar. Era nuestro himno, pero no era nuestro himno; iba como más deprisa. Y de repente, empezó a sonar letra. Me quedé de piedra. ¿El himno español con letra? ¿Desde cuándo? Debía de tener una expresión claramente desconcertada, porque el profesor de biología, cuando acabó, me preguntó "¿No es ese el himno de España?". A lo que contesté: "Sí, pero no. La música sí, la letra no". Traté de explicar como pude y con mis escasos conocimientos la diferencia, y creo que lo entendió bastante bien. Mi profesor de biología no está entre los que se equivocan de continente al situar España.
A un colombiano que nunca me había dirigido la palabra se le ocurrió comentar que nuestro himno estaba muy bien, y se quedó de piedra cuando le expliqué el error que habían cometido. No fue el único que metió la pata; un montón de gente que no creía que supieran que soy española, comentaron algo sobre el himno. Cuando me harté de explicar la diferencia, decidí limitarme a dar las gracias por un halago al himno equivocado. 
La película de La vida de Pi empieza con la presentación del protagonista: Piscine Patel, un niño de la India. Sus compañeros de clase se burlan de él llamándole Pis, y él consigue ganarse el nombre de Pi aprendiéndose de memoria todos los dígitos del número Pi (3,14159...). De adolescente, emigra con sus padres a Canadá, y aunque el barco naufragia él sobrevive. 
El otro día, faltó la profesora de matemáticas, y vino un sustituto llamado Mr. Patel. Tenía aspecto de ser hindú, y me hubiera hecho gracia preguntarle si por casualidad se llamaba Piscine y se sabía todos los dígitos del número Pi. Obviamente, no le dije nada.
El plazo para el concurso de relatos cortos Trapero Pardo se cierra dentro de pocos días. Impotente, supe de su apertura y cuento uno a uno los días que quedan para su cierre. Y ni aun habiendo ganado el año pasado puedo participar este año. Tendría que estar matriculada en un colegio gallego, es el único requisito que me falta.
Una de las cosas que dejé a medias en España fue el libro de Cometas en el cielo. Mi clase de inglés está llena de libros, muchos de ellos los he leído o quiero leerlos. El otro día, me quedé mirando fijamente uno; lo conocía, pero no estaba segura. The kite runner. Podría ser... pero no, era tan poco probable... Lo cogí y comprobé, sorprendida, que el autor era Khaled Hosseini. ¡Era Cometas en el cielo en idioma original! Al verme con el libro entre las manos, la profesora de inglés me dijo que podía llevármelo, con tal de que al terminarlo me acordara de devolverlo. Le di las gracias y lo guardé en la mochila.
Anoche soñé que volvía a España por Navidad, en vez de quedarme el año entero. El viaje en avión era confuso y con la diferencia horaria apenas dormía. Al llegar a España, me daba cuenta de repente del curso de esgrima que había dejado a medias, del examen de biología para el que había estudiado en vano, de que no había dicho adiós a mis amigos. Me acordaba de repente de que no quería dejar todo esto atrás porque lo había dejado todo a medias y, a diferencia de España, nunca volvería. Recordaba los gueckos de Max, Sophia y su inseparable cámara de fotos, el libro de The kite runner que jamás leería en idioma original. Me acordaba de nombres propios, pero lo único que pude decir fue "Todavía no he visto la famosa nieve de Canadá". Cuando el despertador sonó a las ocho y media de la mañana, me acordé de que tenía que estudiar, y me alegré de estar en Canadá para hacer ese examen de biología.

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